miércoles, 31 de diciembre de 2025

Notas para recordar


Recap íntimo y personal.

Aprendí a distinguir entre lo que quiero y lo que solo me distrae.
No todo lo que brilla merece mi energía.

Aprendí que no todo se comparte.
Hay cosas que se cuidan mejor en privado.

Aprendí a reconocer cuándo algo ya cumplió su función.
Personas, hábitos, ideas. Sin drama. Sin show.

Aprendí que la claridad llega después, siempre llega.
Primero se vive, luego se entiende.

Aprendí que puedo cambiar sin convertirme en otra persona.
Evolucionar no fue traicionarme.

Sí, eso fue. 

Macu.Kitschmacu


Mientras en otro lado

 

Hace calor en diciembre.
Aquí el calor no se va nunca; se queda a vivir. Antes diciembre aflojaba un poco, como quien entiende el cansancio ajeno. Este año no tuvo esa delicadeza.

Me dormí un rato y desperté sin saber por qué. El insomnio no hace ruido al llegar, pero se instala. Trae pensamientos pequeños, casi ridículos, que uno mira de reojo y que, si no se cuida, acaban creciendo hasta ocuparlo todo.

El insomnio engaña. Hace creer que ese punto mínimo es el mundo entero. Por eso escribo: para no obedecerle.

Tal vez fue el viaje. Las maletas abiertas, los itinerarios, la idea de moverse de lugar siempre me dejan los ojos abiertos más tiempo del necesario.

En algún sitio ya cambió el año.
Aquí no.
Aquí sigue siendo lo mismo: el mismo calor pegado a la piel, la misma noche sin sueño, el mismo abanico insistente, y esta manera mía de ordenar las ideas para que no se me salgan de las manos.

Macu.Kitschmacu

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Belisario

 


Belisario tiene nombre de revolucionario. 

Herencia de su abuelo y del abuelo de su abuelo, a quien claramente nunca conoció. 

Belisario duerme boca abajo, con la cabeza ladeada a la izquierda, y una almohada encima. 

Belisario siempre sueña y recuerda sus sueños, que son relativamente tranquilos y lo suficientemente ordinarios para repasarlos de buen agrado en la mañana. 

La mañana empieza temprano, muy de mañana con el repiqueteo del teléfono que está sobre su mesita de noche. 

Desde muy temprano piensa en la noche, esa que nunca alcanza para dormir y descansar. Piensa en que se sentirá despertar, así nomás sin repiqueteos, sin la carrera diaria con las manecillas del reloj. 

El reloj, la marca, la carrera y la meta. 

De pie, frente al espejo, de su baño endereza sus mechones de cabello. Todo y nada que un poco de agua, peine y fijador no coloquen en el lugar adecuado. 

Belisario es un hombre atractivo, de esos con los que una tiene ganas de hacer el amor cuando lo ve vestido.

Camisa blanca impecable, botonadura,  pantalón con pinzas, calzado de cuero lustrosísimo. Con su bonita voz de hombre. 

Belisario el enigmático. Al que la vida lo hizo y lo hizo posiblemente muy bien. 

El trabajo, ese que llamó desde temprano. Detrás de su mueble de madera,  imponente. Despacha, decide, acuerda, compromete. 

Una tras otra pasan las horas, las personas, las decisiones, las conversaciones. 

Belisario el solitario. 

La fatiga de encontrarse siempre a los mismos hombres, las mismas mujeres, las mismas frases, que termina por no querer conocer ni a uno más. Si te juntas con pendejos, al rato andas diciendo pendejadas.  

El día se repliega. La camisa sigue blanca. El calzado, en silencio.

Belisario el correcto. No necesitas ser perfecto, con no equivocarte basta.

De vuelta al inicio, al nombre, al espacio conocido, a la cama, a ese  mueble divino donde la gente no puede ocultar cómo es. 

Belisario es. 

Macu.Kitschmacu.

martes, 23 de diciembre de 2025

Mientras el tiempo pasa, la verdad se aleja.

 


Mientras el tiempo pasa, la verdad se aleja.

Mientras… el café se enfría
y nadie se da cuenta.

El tiempo: tic, tac, tic, tac.
Antes a los relojes había que darles cuerda
para que no se atrasaran,
para que siguieran andando.

Pasa como pasa todo en la vida:
según cómo se mire
y con las ansias con las que se espere.
En ese segundo exacto.

La verdad —
según quién la cuente—
es solo eso:
una fracción pequeña de la realidad.

Y una parte tuya se queda observando.

Se aleja…
¿qué se aleja?

Macu.Kitschmacu

viernes, 19 de diciembre de 2025

El brevísimo arte de volver

 Suena un rap al fondo.

O algo que se le parece.
Nunca he sido buena para reconocer músicas; siempre me ha parecido que los instrumentos se disfrazan entre ellos.
Un clavicordio, una flauta dulce… ¿Quién puede saber?
Con los colores es distinto.
Ellos sí dicen la verdad.
Ellos no necesitan presentarse: uno los mira y entiende, aunque se parezcan, aunque brillen demasiado.

Pienso en eso mientras espero que den las ocho.
Hace frío y las luces navideñas hacen que la calle 42 respire distinto, como si quisiera sacudirse las prisas de todo el año.
La miro desde la ventana y me acuerdo de nosotros.
De cómo nos conocimos con esa torpeza bonita de las primeras veces.
De cómo nos fuimos olvidando, cada quien de a poquito, hasta que un día ya no nos reconocimos ni por la sombra.
Dos extraños unidos por el mismo miedo:
el miedo a que la soledad en compañía fuera la única forma posible de amor.

Qué locura cuando lo veo ahora.
Qué ilusión tan grande confundir eso con querer.

El camino de vuelta siempre es raro.
Al principio parece corto, pero pesa.
Después uno mira alrededor y siente que todos avanzan más rápido, más seguros, más felices, como si supieran adónde van y con quién.
Yo no.
Yo sólo sé que al final de cualquier distancia debería esperarnos la paz; una paz chiquita, tibia, de esas que caben en el hueco de la mano.

Pero, esa tibieza que empezó chiquita, luego va creciendo hasta ser tan suave, mullida y cómoda como una cobija invernal. Así es la paz creo. 

Son las ocho con veinticinco.
Escribo la hora como quien deja constancia de que estuvo aquí, aunque nadie pregunte.
Siempre escribo las horas… quizá para guiarme.

Afuera sigue haciendo frío.
Las luces titilan como si me hablaran bajito.
Y yo me pregunto —sin saber por qué— qué estaría haciendo este mismo día, a esta misma hora, el año pasado.
Y el otro.
Y hace veintisiete años.

Pienso si aquella versión de mí podría decirme algo.
Algo sencillo, algo que sepa con certeza.
Algo que me haga entender que  el corazón llega siempre a sus propias verdades.

Las propias, las únicas, las personales universales. 

En mi universo que soy yo. 

Macu.Kitschmacu. 


jueves, 18 de diciembre de 2025

El oficio de las palabras

 


Un cuento sobre el cansancio suave, la validación ajena y todas esas manos que opinan sobre nuestros colores sin haber visto jamás cómo late nuestro color por dentro. Entre licenciados, asistentes, correcciones y cambios caprichosos, se abre una rendija: la voz de una mujer que escribe para no perderse y que encuentra, en sus propias palabras, el único refugio que no exige permisos. “El oficio de las palabras” es un retrato íntimo (y a ratos irónicamente doloroso) de lo que significa crear mientras el mundo insiste en editarte.

Un texto para leer acostada, con luz tibia y un poco de calma, para recordar que también merecemos un rincón donde recomponernos la vida —aunque sea por unos minutos.

Compralo en: KoFI. <-- Clic aquí

 Mil gracias, 

Macu.Kitschmacu

domingo, 14 de diciembre de 2025

11:43 de la noche

 



A esa hora pasan cosas.

Cuando el ruido baja.
Cuando una se escucha.

Grabé algo.
Ahora está en Spotify: 
🎧 Kitschmacu. Habemus Podcast — Temporada 2.    <---- Clic ahí

También en Apple Podcast<---- Clic ahí

Y claramente en Amazon Music <---- Clic ahí, por supuesto en Acast <---- Clic aquí

Nos escuchamos, nos leemos. 

Macu.Kitschmacu.


sábado, 22 de noviembre de 2025

Elegancia misteriosa: las mujeres que caminan sin prisa

 


Tiempo de lectura: 2 minutos
Hay mujeres que no necesitan correr para llegar a sí mismas.
Caminan lento, con la serenidad de quien ya sobrevivió a algo.
Esa es su elegancia: la que no se presume, pero se siente.

Elegancia misteriosa: las mujeres que caminan sin prisa

Hay mujeres que no necesitan entrar a una habitación para que se note su presencia. No anuncian nada, no hacen ruido, no buscan llamar la atención. Caminan sin prisa, como si supieran un secreto que el resto del mundo apenas intuye. Su elegancia no está en la ropa ni en los accesorios, sino en la forma en que ocupan el espacio: sin pedir permiso, sin invadir, sin demostrar nada.
Solo siendo.

Son mujeres que aprendieron que la urgencia desgasta, que correr es un hábito heredado del miedo. Caminar sin prisa es su forma de resistencia. Cada paso es una afirmación silenciosa: yo decido mi ritmo, yo marco mi tiempo, yo soy mi propio centro. No se aceleran porque alguien las espere, no se detienen porque alguien las juzgue. Tienen un pacto con ellas mismas: no volver a moverse desde la ansiedad.

La gente voltea a verlas, no por vanidad, sino por magnetismo. Porque hay algo en ellas que no se explica rápido: una serenidad que contrasta con el ruido del mundo, una calma que incomoda a los que corren sin saber por qué. Son mujeres que no caminan hacia la aprobación ni hacia los aplausos; caminan hacia sí mismas. Y en un mundo donde todo parece gritar, ellas aprendieron a hablar desde su centro

La elegancia misteriosa no es un estilo: es un estado del ser. Es saber cuándo avanzar y cuándo quedarse. Es conservar la calma incluso cuando la vida se agita. Es tener los pies en la tierra, el corazón en su sitio, y la mirada en alto con certeza. Es observar sin apuro, responder sin impulso, elegir sin miedo. Es la forma más fina de libertad.

Las mujeres que caminan sin prisa son las que ya no buscan impresionar. Son las que ya sobrevivieron a algo, las que ya entendieron que la velocidad es enemiga de la claridad. Su misterio no es oscuro: es luminoso. Proviene de la paz que se construye después de haberlo perdido todo, del respeto por una misma que solo llega cuando aprendes a no correr detrás de lo que no te elige.

Y aun así, cuando pasan, algo en el ambiente cambia: un gesto, un silencio, una presencia. No es magia, es poder tranquilo. Ese que no ruge, pero se siente. Ese que no compite, pero se nota. Ese que no empuja, pero avanza.

Porque la verdadera elegancia no corre.
Se sostiene.
Se respira.
Y se camina.

Macu.Kitschmacu

A veces, el verdadero poder no es avanzar rápido, sino avanzar con esfuerzo, voluntad y constancia 🌙

Si esta reflexión te encontró, compártela con alguien que también camine a su propio ritmo.


miércoles, 19 de noviembre de 2025

Cuando Jack in the Box vivía aquí: memorias noventeras de hamburguesas y adolescencia

 

Interior de un Jack in the Box de los años 90 con letrero rojo clásico y asientos verde turquesa, estilo fast food vintage

Hubo una vez —en este rincón del mundo— un tiempo en el que existieron dos Jack in the Box. Sí, dos.
Uno en pleno centro de la ciudad; el otro, sobre la única avenida que entonces parecía contenerlo todo.

Era, según recuerdo, un lugar peculiar: con su aura noventera-americana, con ese brillo de franquicia nueva que prometía modernidad, y con la actitud de rival declarado del único McDonald’s que teníamos cerca.

Para entonces yo ya había superado la edad de las resbaladillas y los cumpleaños con mantelitos de Ronald McDonald.
Jack era diferente: era el punto de encuentro donde los jóvenes se sentían “más grandes”, donde uno podía practicar esa adultez temprana que crees dominar a los 12 años.

Hoy Jack in the Box ya no existe por aquí.
Burger King subsiste, McDonald’s prevalece y Carl’s Jr. gobierna como rey de lo calórico y lo contundente.

El tiempo pasa, las parrillas llegan y se apagan.
Pero los recuerdos… los recuerdos regresan ensaladados entre la nostalgia y el hambre, flotando en párrafos nobles que saben más a memoria que a comida rápida.

¿Tú también creciste entre hamburguesas rivales?
Cuéntame cuál era tu favorito… o compártelo con quien te acompañaba en esas tardes noventeras.

🍟 “Hay memorias que no saben a pasado, sino a todo lo que nos hizo crecer sin darnos cuenta.”

Macu.Kitschmacu

martes, 18 de noviembre de 2025

Buen ambiente y gran sabor: así vivíamos McDonald’s en los 90

 

Restaurante McDonald's de los años 90 con globos, mesas de colores y cajita feliz

Buen ambiente y gran sabor: así vivíamos McDonald’s en los 90

Yo todavía me acuerdo del eslogan de McDonald’s, ese cantadito de:
“McDonald’s: buen ambiente y gran sabor.”
Para mí, esa frase es casi una cápsula del tiempo.

Al Dani —el ahijado de mis papás— le hicieron ahí su primera comunión. Hoy podría parecer poco glamuroso, en estos tiempos de globalización ya sin brillo, casi jubilada. Pero en los 90, en esta parte del mundo, cuando McDonald’s abrió su único y perfectamente ubicado restaurante… entrar ahí era viajar al primer mundo sin pasaporte.

La cajita feliz, los asientos acolchonados, las ventanas enormes, el olor dulzón a papas y aire acondicionado. Todo eso era sinónimo de familia pujante, abierta a lo nuevo, a lo extranjero. Una promesa luminosa de que sí estábamos avanzando.

La primera comunión del Dani

Por eso la primera comunión del Dani ahí fue, sin exagerar, un rito canónico. Recuerdo cuando nos acomodaron para la foto familiar: mis papás, mi hermano, el Dani, su mamá y yo. Un cuadro casi religioso… pero con globos rojos y amarillo mostaza de fondo.

Y claro, en ese mismo instante mi mamá me regañó por la ropa que llevaba puesta. Como si no hubiera salido conmigo de la casa hacia la iglesia. Tenía nueve años y el sentido estético limitado a lo que encontraba en el clóset: lo limpio y lo disponible.

Aun así, salí sonriente en la foto (creo). Porque en esa época, estar en McDonald’s ya era suficiente para creer que todo estaba bien.

¿Tú también recuerdas la primera vez que entraste a McDonald’s?
Cuéntamelo o compártelo con alguien que estuvo en tu foto de ese día.

✨ La nostalgia no te devuelve al pasado: te recuerda que sobreviviste para contarlo.

Macu.Kitschmacu

La San Marcos del tigre

 

Kitschmacu-San-Marcos

La San Marcos del tigre

⏱️ 1.8 min de lectura

A ver, no es que en este lugar del mundo haga frío; en realidad, diez meses del año los pasamos arriba de 38 grados. Por tanto, cuando el termómetro marca 23 o 21 grados… aquí “hace frío”.

Y para esos momentos existe un elemento infalible, valorado y ampliamente querido: la San Marcos del tigre.

Esa portentosa colcha que hibernaba en el clóset materno por más de diez vueltas al calendario. Ese cálido resguardo que no se movía ni aunque temblara. Era la emperatriz del clóset, la guardiana oficial del invierno, la cobija que te podía salvar del frío, del miedo y, si te descuidabas, de ti misma.

Esa cobija pesaba como tres decisiones de adulto. Tenía el poder de aplastarte la tristeza, la gripe, los apabullantes 18 grados y cualquier intento de levantarte temprano. Era tan pesada que uno pensaba: si el tigre se despierta, aquí quedo.

Mi papá decía que era “la buena”: la cobija que no se prestaba, la que había que doblar derechita, la que debía guardarse lejos del sol para que no se maltratara el estampado del felino.

Ese tigre tenía ojos que brillaban en la penumbra. A veces daba miedo, a veces daba fuerza y valor. En las noches frías (esas de 15 grados, aprox.) parecía mirarte como diciendo: no pasa nada, yo aquí te tapo.

Y sí. Te tapaba todo. Desde el cuello hasta los pies, como si supiera exactamente lo que necesitabas a cierta edad: calor, peso, contención, silencio.

La San Marcos era un abrazo gigante que no cuestionaba nada. No necesitaba palabras. No juzgaba. No pedía. Solo cubría.

Aguantó derrames de chocolate, visitas inesperadas, noches largas y domingos de flojera. Fue cobija de emergencia, de visita, de desvelos, de apapacho, de película, de todo.

Hasta que un día la cambiaron por una cobija más ligera, más moderna, más fácil de lavar. Y ahí quedó la San Marcos: en un rincón, doblada con dignidad felina, esperando a que alguien la necesitara de nuevo.

Porque una cobija así no se tira. No se regala. No se olvida. Se queda como se quedan ciertas cosas: pesando lo justo, guardando calor antiguo y recordándote que hubo un tiempo en el que un tigre impreso en textil era suficiente para sentirte segura.

Macu.Kitschmacu

“Hay cobijas que no solo abrigan: también guardan la versión más linda de ti.”

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lunes, 17 de noviembre de 2025

El despertador Sony que marcó mis mañanas



 

El reloj despertador Sony que te enseñó a crecer

⏱️ 1.5 min de lectura


Sí, en mi casa había uno. Un reloj despertador Sony que no sonaba: gritaba.

Ese pi-pi-pi-pi que no respetaba domingos, vacaciones ni tus ganas de seguir soñando que pasabas Álgebra en segundo de secundaria.

Ese cuadradito de plástico negro parecía inofensivo… hasta que tronaba como si fuera la alarma de un simulacro nacional.

Era un objeto honesto: si decía 6:00 am, era 6:00 am. Sin madrugarte. Sin suavizarte el golpe. Sin música celestial. Puro realismo mágico sonoro.

Mi mamá confiaba más en ese despertador Sony que en cualquier otra cosa para despertar temprano.

Ese relojito no solo nos despertaba: formaba carácter. Nos enseñaba que la vida no siempre trae melodías bonitas, pero sí trae responsabilidades con la misma puntualidad.

Y aun así, había algo tierno en él. Ahí, junto a la lámpara y el vaso de agua.

Cuando pasaba por el cuarto de mis papás, lo veía parpadear en rojo por las noches, como un guardián de plástico firme que cuidaba los sueños a su manera.

Hasta que un día, llegó el celular. Los tonos suaves, las playlists, el mindfulness, la vibración discreta.

Y el despertador Sony fiel, siguió ahí. No conoció el cajón. No conoció el abandono. Era el último vendedor analógico en un mundo de batallas digitales.

Pero al final, no fue la tecnología quien lo venció. Fue mi mamá, su eterna aliada. Un descuido mínimo, un cálculo mal hecho… y el Sony cayó más allá del borde de la mesa de noche.

El golpe fue rotundo. Las piezas salieron disparadas. Su luz roja —esa que vigiló tantas madrugadas— se apagó para siempre.

Mi mamá contó su partida a todo el que quiso escucharla. Y en un gesto casi ceremonial, lo reemplazó por uno nuevo: más compacto, más moderno, pero con los mismos dignos números rojos.

El Sony sigue ahí. Brusco, ruidoso, puntual. Como la vida misma cuando decide que ya es hora.

Macu.Kitschmacu

“Hay objetos que no solo te despertaban temprano: también te despertaban la vida.”

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domingo, 16 de noviembre de 2025

La licuadora Oster que tu mamá cuida más que a ti (nostalgia mexicana pura)

 

😘 La licuadora Oster que tu mamá cuida más que a ti

⏱️ 3 min de lectura

En cada hogar mexicano que se respeta hay una licuadora Oster de vaso de vidrio. No es tendencia, no es capricho, no es moda: es patrimonio nacional, es patrimonio emocional… y en una de esas hasta familiar.

Tu mamá la tiene desde antes de que tú nacieras. Antes de tu CURP ya había salsas y licuados hechos ahí. Y sí: cuida ese vaso de vidrio más que a ti.

Tú te podías caer de la litera, rasparte las rodillas, perder la cartulina del lunes… pero si quebrabas el vaso de la Oster, había misa de cuerpo presente.

Ese vaso es como un monumento familiar: sobrevive mudanzas, enojos, reconciliaciones, domingos de chilaquiles, dietas que duraron 48 horas y antojos de fresa con leche a las 10 pm.

Y un día, sin avisar, te llega el momento. Así, de la nada, como llegan las cosas buenas. Estás ahí, frente a la caja envuelta en papel brillante, tu mamá sonriendo con un orgullo extraño, casi solemne. Tú piensas que es un perfume, un topper fancy, una vela cara…

Pero no.

(De todas formas ya se te hacía muy grande la caja para que pudiera ser cualquiera de las opciones anteriores.)

Es una licuadora Oster de vaso de vidrio. Tu primera. Tu rito de paso. El bautizo oficial para entrar al club de “señora funcional” (no importa si eres hombre, mujer… todos y todas podemos ser señoras).

Porque en este país, recibir una Oster no es solo recibir un electrodoméstico: es recibir la responsabilidad, la tradición y la capacidad sobrenatural de hacer salsa sin salpicar el piso.

Y ahí lo entiendes: ese vaso de vidrio no es frágil. Lo frágil era uno, creciendo.

El vaso siempre estuvo ahí, firme, pesado, transparente… aguantándolo todo.

Y ahora es tu turno de cuidarlo.

Macu.Kitschmacu

Más historias que huelen a cocina mexicana y nostalgia suave: porque algunas cosas saben a hogar antes que a receta.

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viernes, 14 de noviembre de 2025

Sábado


 Era tan temprano que aún no se escuchaban los camiones que pasan por el bulevar detrás de mi casa.

Tenía tanto sueño, pero le gané al despertador.

Abrí el clóset, busqué mi uniforme:
blusa azul cielo,
falda azul marino.

Primero la blusa.
El botón que va después del del cuello me lo abrocho primero; así evito que me quede chueca.
Luego la falda.
Blusa fajada, calcetas blancas, zapatos negros.
Lista.

No pasan los camiones. Qué raro.
Mis papás no se han levantado.
No se escucha a nadie en la cocina.
La luz de la escalera está apagada.

Cierro el clóset.
Me abrocho las agujetas.

Ayer fue la clase de deportes.
Después tuvimos la de la maestra Sarita.
Ayer fue viernes.

He madrugado el sábado.

Por eso no pasaban los camiones.
Por eso la cocina está en silencio,
la escalera oscura,
y mi casa durmiendo.

jueves, 13 de noviembre de 2025

Qué hacer cuando la nostalgia se antoja a chocolate Toblerone (guía breve)


 

⏱️ 1 min de lectura

Instrucciones para abrir un Toblerone cuando la nostalgia te pique

1. Rompe un triángulo, aunque no sea el más perfecto.

2. Muérdelo por la esquina, como si ese fuera el orden natural.

3. No pienses en la persona que te regaló el primero.

4. O sí. A veces se vale.

5. Recuerda que la nostalgia no engorda, pero sí aprieta.

6. Termínatelo con calma. Saboréalo. 

7. Y cuando acabes, piensa si el antojo era chocolate…
o un abrazo que no llegó.

Macu.Kitschmacu

✨ “A veces la dulzura que buscamos no está en el chocolate, sino en lo que nos recordó.” ✨
🍫 Más historias para antojos emocionales:
Explora mis textos, objetos, bueno recuerdos y pequeñas escenas que también hacen ruido.
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La casa de Johanna

 

La casa de Johanna es muy chiquita.

Hoy por la tarde fuimos a hacer la tarea ahí.
Digamos que está cerca de mi casa, pero más cerca de la casa de mi amiga Zulema.

Johanna vive en un departamento con sus papás y su hermana.
Se acaban de cambiar de casa.
Creo que su papá se quedó sin trabajo o algo así.
Es un lugar muy chiquito y con poquita luz.
El departamento está en un segundo piso, que más bien parece primero, porque el primero está como en un subterráneo.

Mejor hubiera hecho la tarea yo sola.
Pasan las horas y de plática mucho, pero de tarea nada.
No sé qué les da tanta risa a las demás.

Vanessa está sentada en el sillón; Dalia y yo nos miramos sin hacer nada, pensando en la tarea de biología.
Leonor y Johanna platican y se ríen.
Se conocen desde chiquitas, creo que son mejores amigas y se cuentan todo.

Johanna se siente muy bonita y les gusta a varios del salón.
Siempre se está riendo, aunque no le va muy bien con los maestros.
Tiene el cabello bonito y café.

Ya está oscuro.
Y nos tenemos que devolver caminando.

Macu.Kitschmacu

miércoles, 12 de noviembre de 2025

A ver, ven.

 


A ver, ven.

Seguro no estás haciendo nada.
Ayúdame y ve a echarle agua a la plancha, que tengo todo esto que planchar.
De veras que no piensan en uno, nomás enpuercan ropa como si una no tuviera otra cosa que hacer más que estar lavando y planchando.

Ve nomás…
Mal van a estar listas cuando otra vez hay que hacer lo mismo.
Ya ni la muelen, de veras.

Mira, échale agua a la plancha aquí, en este hoyito, pero agua de garrafón, porque con agua de la llave luego dicen que se echan a perder por el sarro.
Eso le pasó a una muchacha que trabaja conmigo: le echaba agua de la llave a su plancha y le duró bien poquito.

¿Ya?
Bueno.

Ahora ve y moja estos trapitos, y los exprimes bien.
¡Ve nomás cómo me los traes, estilando!
Vuelve a exprimirlos con ganas, que me van a mojar la ropa.
Con estos trapitos voy a marcar la raya de la manga de las camisas.

De veras, yo no sé cómo hay gente que va por la vida así, sin plancharse la ropa.

Exprime bien esos trapos, que yo no me puedo mojar porque estoy caliente por la plancha,
y luego salen reumas.

Los doctores dicen que no es cierto, pero por eso las señoras de antes duraban tanto: porque se cuidaban.

Ahora sí los dejaste bien.
Yo te hablo ya que necesite algo.
Vete a hacer lo que estabas haciendo.
Tráeme agua, ya me dio sed.

Macu.Kitschmacu

martes, 11 de noviembre de 2025

En mi casa tenemos una videocasetera Beta

 


En mi casa tenemos una videocasetera Beta, una VHS y aire acondicionado, que prendemos para dormir todos a gusto en el cuarto.

En la sala hay un estéreo donde mi papá pone música por la mañana. También se pueden poner discos —de esos grandes de Rocío Dúrcal— y casetes, de esa música que les gusta a los señores.

Hay una tele en la sala de arriba y dos mecedoras: una para mí y otra para mi hermano. Como la tele es una y siempre nos estábamos peleando por ver cosas diferentes, mi papá dijo que el primero que la prendiera mandaba, y el otro tenía que hacer caso.

En la casa de mi tío tienen una tele con control remoto.

Y mi primo, que vive en otra ciudad, allá puede ver el Canal 5.

Me gustaría vivir allá porque en ese canal siempre pasan caricaturas; no como aquí, que solo se ven dos canales y las pasan un ratito por la tarde.

Cada vez que hay comerciales me gusta bajar y ver qué hay de comer en el refri. A veces me hago un sándwich, a veces me tomo un yogur.

El piso de mi casa es blanco y tiene manchitas grises.

En Navidad quiero que me amanezca el juego ese que vi en la tele, donde hay un tiburón que se mueve y uno tiene que tirar los dados. Cuando lo vea en el súper, le diré a mi mamá.

En mi casa la tele no tiene control remoto: tiene unos botoncitos plateados y delgaditos, a los que hay que picarle para cambiar de canal.

A eso de las cinco de la tarde pasa el señor de los elotes en su bici. A mí me gustan con chile y limón. A veces hay que gritarle para que se pare y nos venda. Es un señor muy amable.

Mi mamá me dijo que hoy, por la tarde, a las cuatro, sale She-Ra en la tele y, luego, He-Man.

Ya quiero aprender a leer, para ver en el periódico lo que va a salir en la tele y las películas del cine.

Macu.Kitschmacu